‘Minority Report’, el desplome de un sistema judicial que condena por sospecha

Minority Report
Imagen tomada de la película Minority Report.

La Policía sabe el momento exacto en que ocurrirá un homicidio. Antes de que pasen los hechos, los agentes pueden ver el video de la escena completa e identifican nombres y rostros de asesinos y víctimas. En el año 2054, el Departamento de Precrimen es capaz de evitar la violencia en Estados Unidos. 

Esa es la historia que cuenta la película Minority Report, titulada en español como Sentencia previa. Se trata de una producción futurista que se lanzó en 2002 bajo la dirección de Steven Spielberg y muestra las consecuencias de un proyecto que les permite a las autoridades anticiparse al delito. 

El sistema de Precrimen no es un invento deliberado, sino un accidente científico. Surge en la década del 2040, cuando se populariza el consumo de una droga llamada neuroína en las calles de Estados Unidos. Los hijos de los adictos nacen con irreparables daños en el cerebro y casi todos mueren antes de cumplir 12 años. Los pocos que quedan vivos tienen pesadillas en las noches. Se despiertan, gritan y rasgan las paredes. Siempre sueñan con homicidios. En las investigaciones para buscarles una cura, los científicos encuentran que los asesinatos vistos por esos jóvenes cuando intentan descansar se vuelven realidad y ocurren posteriormente. 

Los organismos de seguridad utilizan aquella habilidad sobrenatural para contener la violencia, que se ha elevado a cifras epidemiales. Crean un mecanismo con tres de aquellos humanos precognitivos, a quienes llaman precogs. En el Departamento de Precrimen los incorporan en una suerte de piscina con un líquido que los nutre y transporta fluido eléctrico. Allí los mantienen sedados, sin dejarlos dormir profundamente, pero tampoco les permiten estar conscientes del todo. En esas condiciones, permanecen aislados del entorno, sin relacionarse con otras personas. Ni siquiera los policías pueden acceder a ellos para evitar manipulaciones. 

Los precogs están siempre conectados a sofisticados equipos de tomografía para captar imágenes nítidas de sus sueños. Un grupo de analistas recibe los videos conformados por las visiones fusionadas de aquellos tres jóvenes precognitivos, que solo pronostican el futuro cuando están juntos. La veracidad de sus predicciones es indiscutible porque se supone que únicamente perciben imágenes de homicidios que efectivamente ocurrirán. 

El primer experimento que se hace del programa es en el distrito de Columbia y, después de treinta días, los asesinatos disminuyen un 90 por ciento. Un año después, los homicidios se extinguen en Washington y seis años más tarde, dejan de presentarse en el resto del país. Con esto, el Precrimen demuestra ser un proyecto innovador que ofrece una alternativa eficaz para evitar muertes. 

Sin embargo, su legalidad es cuestionada porque suscita una paradoja. Si previene hechos que ocurrirán en el futuro, estos desaparecen. O sea que los potenciales asesinos son capturados y encerrados en cápsulas en el Departamento de Contención por delitos que no alcanzan a cometer. Fuera de eso, las visiones de los tres precogs coinciden generalmente, pero en ocasiones alguno prevé los hechos de forma diferente. Son reportes minoritarios que indican un futuro variable para ciertos sindicados. Es decir, no hay total claridad de que tengan predestinado cometer un delito. Los analistas destruyen estos registros para evitar que caigan dudas sobre el programa y conservar la credibilidad del sistema judicial. Los policías, de cualquier forma, capturan al sospechoso. A pesar de eso, la predicción original se conserva en la mente del precog que la revela. Esa realidad del sistema evidencia que el Precrimen no es un mecanismo idóneo para evitar homicidios.

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