Ética a Nicómaco, la estrecha relación entre ciencia política, alma, verdad y razón

Reseña del libro Ética a Nicómaco, de Aristóteles

Los saberes tienen diferentes criterios de precisión según los asuntos que le corresponden a cada uno y su respectivo foco de investigación. Por ejemplo, el trabajo del carpintero y del geómetra es encontrar el ángulo correcto. Sin embargo, el primero se conforma con hallar uno útil para su oficio, mientras que el segundo se ocupa de descubrir la verdad. 

En su obra Ética a Nicómaco, publicada en el siglo IV antes de Cristo, Aristóteles defendió la superioridad de ciencia política. Esta disciplina se encarga de dictar lo que está permitido y prohibido en una comunidad para alcanzar el bienestar general. Además, ordena las otras áreas de conocimiento que hay en el Estado y se sirve de ellas para conseguir y mantener lo que más le conviene a toda la sociedad y sus instituciones. Las demás doctrinas están subordinadas a la ciencia política y deben trabajar en función de sus decisiones. Aquello produce a veces rechazo o confusión porque la política no es una ciencia exacta. La concepción de bien suele provocar diversas opiniones, pues a menudo lo que se considera como bueno tiene resultados negativos. Una persona sensata entiende que solo puede exigir precisión cuando la naturaleza de las cosas lo permite. Los estudios sobre el poder se enfocan en la moral y la justicia, asuntos igualmente controvertidos que pueden verse como simples construcciones sociales. 

En el fondo, la política intenta conducir el comportamiento de los individuos hacia lo más provechoso para la comunidad. Quienes se forman en aquella disciplina deben entender la esencia del alma. La mente humana tiene una parte irracional, que es donde se forma el temperamento de cada quien. Allí hay una función vegetativa, presente además en todos los seres vivos para satisfacer necesidades básicas como respirar, comer y crecer. También hay otra labor pasional, que obedece a emociones o deseos y puede ser sometida por la sugestión, la coerción o el rechazo. El intelecto de las personas tiene también una porción racional, cuya función es alcanzar la verdad, el entendimiento y guiar la conducta adecuadamente. Aquí se ubican dos aptitudes. Una es la científica, que reconoce los aspectos de las cosas que no pueden variar. La otra es la cualitativa, que tiene en cuenta asuntos que cambian y se pueden someter a discusión. 

El alma busca la verdad de cinco maneras. La primera es mediante el conocimiento científico, el cual aporta evidencias que permiten probar si algo es real e inmodificable y señalar su origen con precisión. La segunda vía es con el arte, que es la habilidad técnica para hacer cosas nuevas que no se encuentran en la naturaleza. En este sentido, puede entenderse como la capacidad de inventar certezas o falsedades. Por eso, es susceptible de debate y depende más de quien lo crea que de las obras en sí. El tercer modo es la prudencia o sabiduría práctica. Esta permite argumentar sobre lo bueno y lo malo a partir de la experiencia y es como la opinión, que puede acertar o no. Se adquiere con el paso del tiempo y se refiere, sobre todo, a situaciones específicas. Puede alimentar la lógica, pues hay quienes toman mejores decisiones con base en sus vivencias sin necesidad de dominar teorías. La cuarta forma es la inteligencia o intuición racional, que establece definiciones y hace posible comprender los orígenes y la esencia de cuerpos o fenómenos. Y la quinta es la sabiduría, que ofrece el mayor entendimiento porque une la inteligencia con el conocimiento científico. 

Si el asunto de la ciencia política es determinar las conductas permitidas y prohibidas para garantizar el orden y el bienestar común, debe preocuparse por entender el alma de los gobernados. Así podrá aplicar los medios idóneos para alcanzar su meta de manera eficaz, eficiente y oportuna.

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