‘The Staircase’, la impotencia de enfrentarse a un aparato judicial arbitrario

Serie The Staircase
Imagen tomada de la serie The Staircase

El escritor Michael Peterson llamó al 911 con voz notoriamente agitada. Informó que acababa de encontrar a su esposa, Kathleen, inconsciente en las escaleras de la casa donde vivían, en Carolina del Norte. Las autoridades acudieron al sitio y encontraron el cuerpo con abundante sangre alrededor. 

Este hecho ocurrió en la madrugada del 9 de diciembre de 2001. El documentalista Jean-Xavier de Lestrade’s siguió de cerca el caso y durante quince años mantuvo contacto con Michael, su familia y el equipo de abogados que llevó su defensa. El resultado de ese cubrimiento periodístico es la serie The Staircase, que en trece capítulos ilustra la faceta arrolladora del sistema penal. 

Allí se puede ver que los investigadores judiciales empezaron a sospechar que se trató de un homicidio y señalaron como responsable al novelista, pues era el único que estaba en aquel lugar cuando falleció la mujer. Los funcionarios se quedaron con esa percepción y jamás tuvieron la intención de cambiarla. 

Durante el proceso surgieron dos hipótesis. La primera fue que, en la noche de su muerte, Kathleen descubrió unos correos electrónicos que daban cuenta de que Michael era bisexual y mantenía relaciones con otros hombres. Según la teoría de los acusadores, ella confrontó a su esposo, él perdió el control y la golpeó. La defensa argumentó que la mujer sabía de sus gustos sexuales, que los aceptaba y que ella había tomado vino con un medicamento tranquilizante antes de rodar accidentalmente por las escaleras. 

Pero la segunda hipótesis lo comprometía con un caso similar. Elizabeth Ratliff, una amiga cercana a la pareja, también murió al pie de unas escaleras años antes de lo que pasó con Kathleen. El cuerpo fue exhumado durante el juicio de Michael y, después de una nueva necropsia, los forenses concluyeron que se trató de un homicidio. 

En el 2003, Michael fue condenado a cadena perpetua por asesinar a su esposa. Ocho años más tarde, su abogado demostró que el perito clave en el caso mintió. El experto que analizó la mancha de sangre que dejó el cuerpo de Kathleen ofreció un falso testimonio y engañó al juez. 

Con esa evidencia, a Michael le dieron arresto domiciliario mientras se reabría el juicio. Esta vez, su defensa se enfocó en argumentar que el proceso no podía seguir porque, después de tanto tiempo, las pruebas estaban contaminadas y técnicamente no podían tenerse en cuenta. Sin embargo, él era el único sospechoso que los funcionarios judiciales contemplaron en el caso y no estaban dispuestos a dejarlo ir. 

En efecto, el juez rechazó ese alegato y decidió que Michael debía volver a juicio. Esto implicaba seguir sometido a un tormentoso proceso en el que, ya estaba visto, tenía que enfrentarse a un aparato judicial decidido a doblegarlo. Al final, Peterson aceptó con resignación un acuerdo que lo alejó de la posibilidad de demostrar su inocencia.

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