Cartas de ceniza, otra cara de la guerra

Cartas de ceniza

Los humanos son seres complejos. Alguien que es capaz de causar dolor y muerte puede, al mismo tiempo, encarnar los más genuinos sentimientos de afecto y lealtad. Quien actúa con rabia, odio y violencia a la vez guarda algo de cariño, ternura y miedo. En esencia, el amor es quizá lo único irrenunciable en la vida de las personas. 

El periodista colombiano Javier Osuna encontró aquella dualidad cuando investigó las consecuencias del conflicto armado en su país. En el municipio Villa del Rosario, una zona rural cercana al límite con Venezuela, se instaló desde 1995 una sección del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). Cuatro años más tarde, llegaron los paramilitares del Frente Fronteras con la intención de desterrar la insurgencia y pulverizaron a 560 víctimas en hornos crematorios. 

Osuna documentó estos hechos en el libro Me hablarás del fuego, publicado en 2015. Durante un evento al que asistió para hablar de su trabajo, se le acercó Emilia, una mujer que estaba en el auditorio. Ella le contó que cuando era niña sostuvo un romance con William, uno de los hombres que causó tanto dolor. Después de 15 años, aún guardaba escondida la correspondencia que él le escribía y estaba dispuesta a recuperarla para que el reportero narrara la historia. Así surgió una segunda obra titulada Cartas de ceniza, impresa en 2022. 

William creció en una familia con problemas. Su madre estuvo en la cárcel y a su hermana la mataron en un ajuste de cuentas. Él vivía desempleado y vagaba por el pueblo con un grupo de jóvenes conocidos por todos los vecinos. Si bien ellos no tenían mayor ocupación, tampoco hacían daño y solían participar en actividades que integraban a la comunidad, como torneos de fútbol y de tejo. 

Emilia era una niña once años menor que William. Ella salía a las calles a jugar con sus amigas y era común que lo viera a él, como al resto de los chicos del barrio, hasta que empezaron a conversar. Los encuentros se volvieron costumbre y el diálogo los llevó a sentir algo diferente, a pesar de la notoria diferencia de edades. 

Pasaron un par de años de coqueteos clandestinos. El primero de enero de 2001, en pleno festejo de Año Nuevo, un vecino de Emilia sacó a la calle un equipo de sonido. William programó la música y repitió varias veces y a alto volumen la canción Un nuevo amor, de Tranzas, para dedicársela a ella.

Esta vez, el cortejo salió mal. Emilia se indispuso porque no quería que los demás se dieran cuenta de sus andanzas con él y le envió una nota en la que en tono arrogante y descortés le pedía discreción. Desde ese momento empezó un intercambio de cartas escritas a mano, en hojas de cuaderno y con lapiceros de colores. Allí, William registró una faceta muy diferente a la que ya conocían los habitantes del pueblo. 

Para ese entonces, los paramilitares del Frente Fronteras estaban en Villa del Rosario y vincularon en sus filas a jóvenes desocupados, incluido William. Los muchachos del pueblo se volvieron un peligro para quienes los vieron crecer. 

William le dijo a Emilia varias veces, por escrito y en persona, que quería dejar esa mala vida. Estaba dispuesto a hacerlo en enero de 2002, un año después de empezar el intercambio de cartas. No alcanzó a salirse del grupo ni a concretar su relación con Emilia, tras de varios años de idilio. 

Ella todavía sueña con él, aunque con el tiempo olvidó su rostro. Aquel hombre complejo que representó la dualidad de los seres humanos no ha desaparecido porque su sombra sigue en la memoria de la mujer que le inspiró amor profundo.

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