El narrador, un arte ancestral opacado por la novela y la información

El narrador, Walter Benjamin

El oficio de narrar tiende a desaparecer por la falta de diálogo en un mundo que prefiere lo efímero. Cualquier relato incluye una utilidad oculta o declarada. Quien lo cuenta tiene un consejo para dar y lo hace por medio de proverbios, moralejas o indicaciones aplicables en alguna práctica. Dar lecciones requiere sabiduría, que se construye a partir del intercambio de experiencias con los demás. 

En 1936, el filósofo alemán Walter Benjamin publicó un ensayo titulado El narrador. Allí explica que existen dos tipos de narradores. Unos son viajeros que cuentan noticias de lugares lejanos y sus ancestros fueron los marinos mercantes. Los otros son sedentarios que conservan y transmiten versiones sobre hechos del pasado y tradiciones, cuyos orígenes estuvieron en los campesinos. Por eso, según el autor, la narración es “una forma artesanal de comunicación”. 

El insumo de las historias son las vivencias propias de quien las cuenta públicamente o de otras personas que deciden compartir sus anécdotas con alguien más para que las difunda. En cualquier caso, el narrador asume como suyas aquellas experiencias e interpreta los acontecimientos para darle un estilo particular al relato con el fin de dejar una enseñanza. Esto hace que la comunidad lo vea como un sabio o un maestro capaz de aconsejar según los conocimientos adquiridos. 

Este arte existe gracias a la retransmisión, que es posible solamente si se dan dos condiciones. La primera es el interés de una persona por hablar de sus experiencias. Esto empezó a perderse desde la Primera Guerra Mundial, cuando los soldados que regresaban perturbados de los campos de batalla guardaron silencio respecto a lo que pasó. Lo que describieron los libros diez años más tarde no obedeció a versiones transmitidas de voz a voz. La segunda condición es un estado de tranquilidad que permita prestar suficiente atención al narrador, algo que se ha deteriorado por los afanes del mundo urbano. De ahí viene la advertencia que hizo Benjamin en su ensayo, al decir que cada vez es más extraño encontrar a alguien que cuente historias honestamente. 

La llegada de los burgueses al poder y el invento de la imprenta aceleraron el declive de dicho oficio. La narración oral empezó a decaer cuando aparecieron las novelas escritas, que dependen del libro y son productos de la imaginación de autores solitarios. Ellos no necesitan basarse en la experiencia para construir ficciones y tampoco buscan aconsejar a partir de acontecimientos reales. 

El modelo económico capitalista también creó una manera diferente de contar historias publicadas en la prensa. Estos relatos se basan en información y se conforman con llamar la atención del público y satisfacer el interés de las audiencias por enterarse de los sucesos que afectan su entorno más cercano.

La narración que cuenta hechos de lugares lejanos o de tiempos pasados dejó de ser llamativa. Ahora guarda mayor relevancia la información, que tiene validez en el momento en que presenta una novedad y luego desaparece de la memoria. Es fugaz y efímera, pero la mayoría de la gente está pendiente de ella. Esto ha llevado a pasar por alto que la narración puede ser inolvidable y logra perdurar en el tiempo porque sigue sorprendiendo e intrigando a lo largo de los años.

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