‘Roman Empire’: vanidad, locura y poder

Roman Empire
Imagen tomada de la serie Roman Empire.

El Imperio Romano fue una de las más colosales odiseas políticas y militares del mundo occidental. Durante cinco siglos creció en su extensión, multiplicó la cantidad de sus pobladores y perfeccionó la arquitectura. Todo se hizo bajo el liderazgo de gobernantes ambiciosos que no supieron controlar la grandeza y la fama. 

Un siglo antes de Cristo, Roma no era un impero aún, sino una república. No tenía emperador, ni rey. El cónsul era el jefe del gobierno y del ejército. Aunque él representaba el máximo poder, debía tener en cuenta al Senado para tomar decisiones que impactaban la vida de millones de personas, entre las que había humildes esclavos y aristócratas. Los senadores romanos eran hombres de la élite con ambición política y económica que les heredaban las curules a sus hijos. Su mayor motivación era satisfacer intereses particulares desde una posición privilegiada. Los esclavos servían para el oficio doméstico, eran albañiles o gladiadores que peleaban a muerte para divertir a sus espectadores. Las tensiones de poder, las necesidades del pueblo y los egos llevaron a los gobernantes a actuar de manera equivocada. La serie Roman Empire, dirigida por Richard V. López y David O’Neill, y publicada por Netflix en 2016, recoge testimonios que explican los momentos de gloria y confusión de tres personajes históricos. 

Julio César: el señor de Roma 

Julio César era hijo de una familia rica y prestigiosa. Cuando él tenía 16 años lo perdió todo porque su padre había tomado partido por el bando equivocado en una guerra civil y el castigo fue despojarlo de bienes y poder. El joven Julio César sabía que la forma de rescatar el honor era entrar al ejército y lograr victorias. Por eso empezó su carrera militar en Italia hacia el año 75 antes de Cristo y se esforzó por convertirse en un glorioso combatiente que participó en la conquista de territorios para Roma. En casi diez años él ascendió en diferentes rangos. 

Para ese entonces, la república enfrentaba un problema que no había logrado resolver. Un gladiador llamado Espartaco lideraba una rebelión con un ejército de esclavos que querían ser libres y estaban venciendo a las tropas oficiales. Craso era un aristócrata que lideraba una división de las fuerzas romanas. Julio César lo convenció de atacar a los subversivos por sorpresa y los vencieron. Ese conflicto duró dos años y dejó 100 mil muertos. 

Craso quería ser cónsul y tenía suficiente dinero para poner el Senado a su favor. Su adversario era Pompeyo el Grande, que se ganó la simpatía del pueblo porque dijo que la victoria contra Espartaco era suya, cuando realmente fue de Craso y sus hombres. En la puja por el poder, ellos casi se van a una guerra civil. Julio César no tomó partido para no cometer el mismo error de su padre y porque también tenía ambición política. Sabía que no podía volverse enemigo de ninguno de los dos bandos, sino que debía negociar. En el 59 antes de Cristo, puso a prueba su sagacidad. Convenció a Pompeyo y a Craso de que conformaran una alianza que se llamó Triunvirato, en la que lo nombraran a él como cónsul, pero gobernarían los tres. 

Desde entonces, Julio César asumió el poder, pero tenía inconvenientes para remunerar a Craso y a Pompeyo por su nombramiento, pues el Senado no aprobaba las leyes necesarias. Si no les daba recompensas, perdería su apoyo y, de paso, el mando. Entonces contrató sicarios para intimidar a los senadores que se le oponían y, finalmente, logró que aceptaran sus proyectos, que incluían exenciones de impuestos para Craso y tierras para los soldados de Pompeyo. 

Julio César acumuló riqueza y se dedicó a hacer fiestas y conseguir amantes. Nunca zanjó las diferencias con el Senado. Craso y Pompeyo no soportaron sus comportamientos, lo removieron del cargo de cónsul y lo enviaron a gobernar una provincia. Julio César consideró que, si quería regresar al poder, tenía que conquistar territorio. Para hacerlo, necesitaba un ejército y ubicarse en un lugar estratégico en el que ningún general hubiera tenido victorias. La región más peligrosa era las Galias, que se conformaba por unas 200 mil millas cuadradas donde ahora están Francia, Bélgica y parte de Suiza, Alemania y Países Bajos. En el 58 antes de Cristo, invadió aquellas tierras con su ejército de 20 mil hombres sin autorización del Senado. Al cruzar la frontera, los soldados encontraron tribus dispersas, las atacaron una por una antes de que se juntaran y se instalaron allí. 

Para el 56 antes de Cristo, Julio César había conquistado una porción más grande que lo que hoy es Francia. Él enviaba reportes a Roma en documentos que llamó Comentarios sobre la guerra en las Galias y así escribió su propia historia. El pueblo lo veía como un ídolo y más soldados se fueron con él. Craso y Pompeyo notaron que Julio César alcanzaba más poder que ellos y lo consideraron como una amenaza porque era capaz de conseguir todo lo que quería. Su insaciable ambición lo llevó más lejos que cualquier colonizador romano. 

Craso quiso superar a Julio César. Intentó invadir una región llamada Partia, pero lo capturaron y le vertieron oro líquido en la boca hasta que lo mataron. Pompeyo quedó como cónsul. En el 52 antes de Cristo, Julio César terminó de conquistar las Galias, algo que parecía imposible. Esa fue la mayor victoria militar en la historia de Roma y le dio fama, riqueza, prestigio y poder. Cuando volvió a la ciudad, lo recibieron con fiestas y juegos, como si fuera un héroe. 

En el 48 antes de Cristo, Julio César se enfrentó a Pompeyo, lo venció y asumió el liderazgo político de Roma. El derrotado cónsul se fue a Egipto a buscar el apoyo de Ptolomeo, un niño rey que no quiso ayudarlo y lo mató. Ptolomeo le pidió a Julio César que, en retribución por acabar con su enemigo, le ayudara en la guerra que sostenía contra su hermana, Cleopatra. Julio César se negó y lo arrestaron.

Cleopatra liberó a Julio César y él decidió apoyarla porque creía que era lo más conveniente para Egipto. Juntos vencieron al ejército de Ptolomeo, ella asumió el control de Egipto y Julio César volvió a Roma, que estaba en caos porque no tenía cónsul y faltaba comida. El Senado lo nombró dictador por diez años con la misión de reconstruir el Estado. Su tarea más urgente fue acabar con el hambre y luego ofreció juegos con gladiadores para lograr el afecto del pueblo. 

Julio César sabía que durante años el Senado se dedicó a aumentar su poder y se volvió ineficiente. La corrupción en Roma era tal, que los gobiernos habían perdido hasta la noción de los días, los meses y las estaciones. Por eso, como dictador, creó leyes que produjeron drásticas reformas. La más novedosa y duradera fue implementar un calendario basado en el ciclo del sol. Además, ofreció oportunidades a los pobres que llegaban a la ciudad buscando trabajo, pues era consciente de que el futuro de la república estaba en las personas comunes más que en la aristocracia. 

Cleopatra viajó hasta Roma para presentarle a Julio César a su hijo Cesarión. El dictador empezó a pensar en su heredero y consideró que su familia debía conservar el poder. Desde entonces, se dedicó a resaltar su imagen. Construyó monumentos a los dioses, torres de marfil y la basílica de Julia. Declaró festivo el día de su cumpleaños y empezó a vestirse con túnica morada, una prenda que estaba reservada para los reyes. Creyó que podía romper todas las normas y hasta quiso declararse dictador eterno. 

Con la ambición de alcanzar más riqueza y popularidad, Julio César planeó invadir Partia, donde había muerto Craso. El Senado no estaba de acuerdo con tantos excesos. El 15 de marzo del año 44 antes de Cristo, cuando faltaban pocos días para salir a su nueva conquista, los senadores lo citaron a una reunión y lo mataron con 23 puñaladas. El pueblo lloró la muerte del dictador que combatió la corrupción, saneó las finanzas y mejoró la vida de los ciudadanos pobres. Su legado se basó, sobre todo, en su reputación, y traspasó las fronteras. Durante su gobierno, Roma dejó de ser una república y se convirtió en un imperio. 

Calígula: el emperador loco 

Para el año 19 después de Cristo, Roma había pasado un siglo de avances. Amplió su territorio, construyó vías, acueductos, alcantarillados, anfiteatros y se convirtió en una de las civilizaciones más desarrolladas del mundo occidental. Un ejército de 300 mil soldados custodiaba la capital del imperio. Uno de los generales más destacados era Germánico, un aristócrata reconocido, educado y con liderazgo que tenía el perfil para gobernar, pero murió de repente. 

El poder en aquel entonces lo tenía Tiberio, un emperador autoritario e impopular que no soportaba críticas y les hacía juicios por traición a quienes cuestionaran su régimen. Él quería dejarle el trono a Druso, su hijo, pero Germánico le obstruía el camino. Agripina, la esposa del general, expandió el rumor de que Tiberio había ordenado envenenar a su marido y la gente le creyó. Como retaliación, el gobernante acabó con toda la familia del militar. Mandó al exilio a su esposa, envió a la cárcel a su hijo mayor y mató a otro. Quedaron tres hijas pequeñas (Agripina, Drusila y Livila) y un niño de apenas siete años que se llamaba Calígula. Ellos pasaron su infancia encerrados en la casa de la abuela para que no los mataran. 

En el año 23 después de Cristo murió Druso, el hijo de Tiberio, cuando tenía 35 años. El emperador se quedó sin heredero y buscó a Calígula para formarlo como su sucesor. En el 37 después de Cristo, Tiberio decidió que su pequeño nieto Gemelo debía gobernar junto con Calígula, pero este quería el trono para él solo. Entonces Calígula mató a Tiberio, adoptó a Gemelo y se volvió popular en Roma. En marzo de ese año asumió el poder del imperio. Primero se ganó el Senado porque prometió que su gobierno sería diferente al anterior. Después buscó impresionar al pueblo. Se acercó a la gente común, que llevaba once años sin tener contacto con un gobernante. Retomó proyectos y costumbres que se habían suspendido durante el régimen de su antecesor. Construyó un anfiteatro nuevo, vías, acueductos, recuperó infraestructura que se había deteriorado y volvió a programar juegos de gladiadores. Roma tuvo paz y prosperidad. 

Con apenas 24 años, Calígula elevó su popularidad, pero su momento glorioso fue corto porque no supo moderar su comportamiento. Se desbordó en placeres. Mandó a buscar a sus tres hermanas y empezó a hacer fiestas en las que reveló su excesivo apetito sexual. Entre tanta extravagancia y embriaguez de poder y fama, se enfermó de encefalitis y estuvo en coma durante tres meses. Su gobierno cambió desde entonces. Al despertar, Macro, el jefe de la guardia pretoriana, lo convenció de que Gemelo quería envenenarlo. El emperador le creyó y obligó a su hijo adoptivo a suicidarse con una espada. 

Calígula se volvió paranoico. Empezó a desconfiar de todas las personas que tenía cerca y también mandó matar a Macro. Se aisló por completo. Agripina, su hermana mayor, quería el trono y lo convenció de tener un hijo con ella, pero no lo lograron. El emperador estaba decidido a buscar un heredero y luego intentó con Drusila y Livila, sus otras dos hermanas. El incesto en Roma era tabú, pero ellas hicieron lo que Calígula les pedía por miedo a su reacción, pues su conducta se volvió cada vez más impredecible. 

Drusila quedó embarazada y su hermano empezó a tratarla como si fuera su esposa. El pueblo romano rechazó aquella relación. Finalmente, ella y el bebé murieron y el emperador volvió a quedarse sin sucesor. Calígula aprovechó su poder y proclamó a Drusila diosa, como Venus o Juno, algo jamás visto antes. Le hizo un funeral ostentoso y mandó construir templos y estatuas en su honor. Aquella pérdida lo deprimió y lo llevó a tomar decisiones infortunadas. Se casó con Cesonia, una mujer que tenía ocho meses de embarazo y cuya fertilidad estaba comprobada, pero en el parto salió una niña, que no servía para remplazarlo en el trono. 

Agripina y Livila crearon un complot para matar a Calígula. Él se enteró y las mandó al exilio. Después de eso, se volvió más déspota e incontrolable. Retomó los juicios por traición que hacía Tiberio para matar a los aristócratas que se oponían a sus intereses. Su locura y su vanidad aumentaron. Les quitó dinero a los senadores más ricos para construir estatuas, templos y monumentos de él mismo con incalculable derroche y extravagancia. 

El pueblo empezó a cuestionar las decisiones de Calígula y él pretendió darle a su gente un éxito militar para ganarse de nuevo el afecto. Planeó invadir Britania y se desplazó con tropas hasta la frontera, pero antes de atacar se arrepintió porque no era posible ganar. De cualquier forma, debía regresar a Roma como héroe. Entonces separó a los soldados de su ejército que tenían aspecto físico parecido al de los británicos, los hizo pasar como prisioneros y así los paseó por las calles de la ciudad. Los desprevenidos creyeron que había vencido a sus enemigos, pero el Senado se dio cuenta del engaño y decidió contener sus locuras. Calígula quiso celebrar su falsa victoria y programó juegos para el 24 de enero del año 41 después de Cristo. Ese día, lo mató su guarda personal por orden de los aristócratas que querían sacarlo del poder. 

Cómodo: imperio de sangre 

A finales del siglo II después de Cristo, el emperador de Roma era Marco Aurelio, uno de los hombres más poderosos de la humanidad. Era reconocido por su capacidad intelectual, pues era filósofo y fue discípulo de Epicteto, guía de la corriente de los estoicos. Además, tenía sagacidad política. Sabía llegar a acuerdos con los senadores, pero sin ceder en exceso a sus intereses. Como militar se destacó porque fortaleció su ejército con armas y con la formación de soldados y extendió el imperio por Europa, el Oriente Medio, el Mediterráneo y parte de África. Defendió aquel territorio, donde vivían unos 50 millones de personas de diversas regiones y culturas. Solo Roma llegó al millón de habitantes bajo su gobierno y la gente mejoró sus condiciones de vida con el desarrollo de tecnología para construir vías y acueductos. 

El hijo de Marco Aurelio era Cómodo. Él tenía como destino en su vida remplazar a su padre, era consciente de lo que le esperaba y eso le causó contradicciones. Por un lado, se creía privilegiado y superior a los demás romanos. Al mismo tiempo, sentía presión por llegar a ser tan sabio y hábil en la guerra y en la política como su papá. 

Cuando Cómodo tenía 17 años, Marco Aurelio lo eligió para ser sucesor en el trono y empezó a entrenarlo. Después de varios años de preparación, el joven recibió mando militar para ganar experiencia y reconocimiento entre los soldados. Su padre sabía que el dominio de un emperador dependía de su control sobre las tropas y que esto era posible si demostraba destreza en el combate. Además, el heredero debía aprender a negociar con el Senado, encargado de administrar recursos, hacer juicios y asesorar al soberano. 

Marco Aurelio murió cuando tenía 58 años. Cómodo ocupó el cargo de mayor poder en el mundo y tenía que tomar una decisión crucial. Desde hacía casi diez años, el imperio estaba en guerra con tribus alemanas y él quería acabar ese conflicto. Hizo un acuerdo con los enemigos cuando llevaba pocos meses en el trono. Así pudo dejar el campo de batalla y regresó a Roma porque quería asumir su cargo y hacer que los asuntos del gobierno funcionaran bien. El pueblo aceptó su determinación, pero el Senado y los militares, no. 

En el imperio era tradición obsequiarles tierras y dinero a los soldados que volvían de la guerra. Cómodo quería darles recompensas a sus hombres para ganarse su aprobación, pero debía tener el visto bueno del Senado. Los aristócratas aprobaron el regalo para las tropas, pero lo hicieron como si fuera una decisión propia, sin mencionar al nuevo emperador. O sea que lo traicionaron. 

Desde entonces, la relación entre Cómodo y el Senado fue tensa. El gobernante entendió que con los militares y los políticos en su contra, tenía que ganarse al pueblo y propuso un sábado entero de juegos con gladiadores y sangrientos espectáculos con animales salvajes. Financió la jornada con un impuesto que les cobró a los senadores. Además, imprimió monedas con su perfil y se las repartió a la gente. 

El liderazgo de Cómodo se debilitaba y cada vez se cerraba más su círculo de confianza. Nombraba personas en cargos que terminaban tomando decisiones que solo le correspondían a él como soberano. Uno de ellos fue Cleandro, un hijo de esclavos que escaló en el poder hasta convertirse en consejero del emperador. Él implementó medidas cruciales, como hacer senadores a hombres que no pertenecían a la aristocracia. Intentó ganarse la aceptación del pueblo con un plan arriesgado que consistió en desviar los barcos que llevaban trigo desde Egipto para causar escasez de alimentos. Almacenó la mercancía para llevarla después a Roma y quedar como salvador al acabar con la hambruna que él mismo provocó. Lo que no calculó fue que la falta de comida provocaría una plaga. Miles de personas se enfermaron y murieron. 

Mientras Cleandro se ocupaba de los asuntos del gobierno, Cómodo se dedicó a satisfacer sus placeres sexuales con esclavas. El pueblo empezó a reclamar. Los más inconformes escribían en las paredes mensajes de protesta contra el emperador. Las calles se volvieron un caos. Los grafitis se convirtieron en un arma que la gente utilizaba para criticar el poder. El nombre de Cleandro salió a la luz por ser el encargado de abastecer la ciudad. En medio de agitadas manifestaciones, Cómodo se dio cuenta de que lo traicionó su hombre de confianza y se lo entregó a la multitud. La muchedumbre lo decapitó y arrastró su cuerpo por las calles hasta despedazarlo. 

Después del hambre, la plaga y las protestas, el emperador quiso empezar una nueva era. Anunció catorce días de juegos en los que él pelearía a muerte contra vigorosos esclavos para ganarse la admiración del pueblo. Narciso era un gladiador victorioso y entrenó a Cómodo durante varios meses a cambio de su libertad. Cuando se acercaban los juegos, el gobernante notó que no estaba listo para salir a la arena, pero mantuvo su decisión de pelear y ganar, pues su intención era dejar huella en la historia.

El día que debutó en los juegos, Cómodo salió vestido con la piel de un león. Quería verse como el dios romano Hércules, un avezado cazador reconocido porque mató una bestia y se arropó con su cuero. El emperador ganó los combates y obtuvo el respeto y el afecto que buscaba. Después de lograr legitimidad ante su pueblo, empezó a actuar con delirio de grandeza. Desconoció el poder del Senado y a su antojo nombró la ciudad Colonia Comodiana, construyó estatuas de oro y cambió los nombres de los meses del año. 

Cómodo siguió peleando en la arena para mostrar fortaleza y autoridad, como si fuera un superhombre con poderes sobrenaturales. Narciso, el esclavo que lo entrenó, descubrió que antes de salir a pelear, el emperador les daba espadas sin filo a sus adversarios y así aseguraba sus victorias. Narciso no soportó el engaño, mató a Cómodo y luego fue ejecutado. 

Así terminaron trece años de un reino que llevó la paz a Roma y que pasó a la historia como el culpable de una época caótica como ninguna. Allí empezó el declive del Imperio Romano.

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